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Revista Ñ // Semi-Dawi: mucho más que melancolía ricotera

  • semidawi
  • 11 oct 2013
  • 2 Min. de lectura

POR GUIDO CARELLI LYNCH

Hace menos de un mes Carlos “el indio” Solari metió 130 mil personas en un autódromo de Mendoza. Y acá, en la Sala Sirasuh, en la Calle Armenia, de esta capital, caben con seguridad menos de trescientas. Algunas de ellas son las mismas que recorrieron dos mil kilómetros para ver al cantante de los Redondos y volver a casa. Como ese pibe de ojos achinados y pupilas dilatadas que no puede más de la emoción y la comparte con cualquier extraño en el baño. La intimidad que propone sala y la entrada que le pagó el hermano –detalle que se apura en aclarar, porque se siente culpable quizás de estar en Palermo- hicieron que se siente al lado de Daniel “Semilla” Bucciarelli durante la hora y veinte que durará el el show. Semilla, que durante más de quince de años, tocó el bajo de la banda más convocante del país, no está ahí para tocar. El hombre ha decidido desde hace un tiempo que el arte visual es su territorio. Esta vez no dibujará sobre la cubierta de un disco como el de Lobo Suelto/Cordero atado Vol 2. Esta vez –otra vez-, mezclado entre el público y a través de proyecciones, dibujará sobre el escenario y sobre el cuerpo de Sergio Dawi, otro ex miembro de Patricio Rey y saxofonista eximio. Juntos han dado en llamar a este experimento SemiDawi “Ambos a la vez”. Una hora después de lo convenido Dawi sube al escenario. El fastidio por la espera se disipa con las primeras notas del saxo.

El fondo del escenario es negro y la sala está a oscuras, con excepción de Dawi y su mameluco blanco, que brillan solitarios. La imagen dura poco, casi nada. Enseguida, el escenario y el músico están tomados por los colores de Bucciarelli, que improvisa y agrega algunas de sus pinturas y dibujos escondidos en la paleta de su computadora. Siempre mira de frente al escenario, rara vez baja los ojos hacia la pantalla. Dawi, por su parte, mezcla con algunas bases guardadas y juega con el eco de su voz parecida a la del Pato Donald, que contrasta con la fuerza de sus pulmones. “Cuánto tiempo nos queda de felicidad / Cuál será la próxima parada / En qué cabecita cabe todo este delirio / Semilla”, repite Dawi, mientras los colores y los dibujos, ahora más y menos fosforescentes, componen un cuadro psicodélico.

Es inevitable no dotar de más sentido a esas pocas palabras. Al final, inequívocas, cantan unos pocos “Ole-olá olé- olá/ sólo les pido que se vuelvan a juntar”. El pibe del baño, al lado de Semilla, llora.

 
 
 
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